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Primero es la conmoción, luego el olvido. Cuando empezó la pandemia, olvidamos el cambio climático; cuando llegó la guerra (la de Europa, otras ya estaban ahí), dejamos de hablar de la pandemia. Las tres plagas se retroalimentan y las tres representan un enorme problema de salud pública.

Las tres son, de una forma u otra, producto de los humanos, de la especie homo sapiens, a la que quizás habría que modificar o retirar el apellido. No es bueno olvidar sus causas ni su desarrollo, porque la crisis climática, la pandemia y la guerra siguen ahí, y posiblemente vendrán otras plagas similares o peores. Debiéramos aprender de ellas para prevenir y enfrentar las próximas.

Los peores resultados de morbilidad y muerte, o al menos los más evidentes o palpables para nosotros, han sido producto de la pandemia. En nuestro país, más de 11 millones de afectados y bastantes más de 100.000 muertos, que son los que predican las estadísticas oficiales (The Lancet 10/03/22).

Estos son los resultados más dramáticos, pero ha habido otros. La pandemia desnudó nuestro sistema de salud y mostró sus deficiencias: evidenció la falta de liderazgo político en Sanidad y de coordinación entre las autonomías, la casi inexistencia de la salud pública, la dependencia tecnológica del exterior, la escasez de profesionales sanitarios (especialmente enfermeras, médicos de Familia o profesionales de salud mental), las deficiencias de la Atención Primaria, la escasez de unidades de cuidados intensivos, el injusto descuido de nuestros ancianos en las residencias…

Es verdad que también mostró la profesionalidad de nuestros sanitarios, su capacidad para modificar su rutina asistencial, su flexibilidad para adaptarse al trabajo en equipo o para incorporar la telemedicina a su práctica diaria. Su esfuerzo no ha sido compensado y el resultado es visible: aumento insoportable del bornout, problemas de salud mental y un número indeterminado de sanitarios que han colgado la bata. Ellos han sido, después de los enfermos y los muertos, los verdaderos protagonistas de la pandemia.

También la ciencia, que ha sido capaz de secuenciar el virus y fabricar vacunas en un tiempo récord (aunque luego su distribución mundial haya sido tremendamente injusta). Los científicos han sido reconocidos por la mayoría de la población, y ello, a pesar del bombardeo, muchas veces vacío, de los supuestos expertos en los medios de comunicación y a pesar de la ausencia de un debate en profundidad sobre la gestión o el tratamiento de la covid por el empeño de muchos en defender en exclusividad «el pensamiento único», con la excusa de no dar munición a otra plaga, la de los antivacunas y terraplanistas.

Cuando parece que la pandemia va remitiendo, es fácil constatar que no nos ha hecho mejores, tampoco ha traído, por el momento, las mejoras necesarias en nuestro sistema sociosanitario, más estresado por el cansancio de los profesionales y el aumento de las listas de espera, producido por la demanda de asistencia de otras enfermedades que habían estado en este tiempo marginadas. A nivel social, la pandemia ha traído consigo más pobreza y más desigualdad, y estos males se irán agravando con la guerra en curso.

Es necesario pasar de las palabras a los hechos; el diagnóstico de la situación está hecho, se hizo, por ejemplo, en la Comisión de Reconstrucción del Congreso de los Diputados. Sin embargo, no se ha modificado la estructura de liderazgo político ni de coordinación del Ministerio con las CCAA; tampoco se ha incrementado el gasto en sanidad y apenas se ha tenido en cuenta para la recepción de los fondos procedentes de Europa (cuando se ha hecho, ha sido a través de colaboraciones público-privadas, un marco que, en palabras de B. de Sousa Santos, consagra «privilegios y ventajas» para el sector privado y «deberes y obligaciones» para el público).

Tampoco se ha abordado con rigor la situación de los recursos humanos, la necesidad de su incremento y de mejorar su situación laboral, tantas veces temporal y precaria. La Atención Primaria requiere un tratamiento especial y elevar ya sus presupuestos al 25% del total dedicado a Sanidad, como apoya la mayoría de expertos. En lo referente a nuestras residencias de ancianos, solo ha habido escasos avances en la normativa a cumplir o en la inspección sobre su cumplimiento, y ningún avance en la coordinación con el sistema sanitario público, aspecto éste absolutamente necesario para que no se reproduzca la situación pasada, que ya de forma menos grave se había vivido antes con las anuales epidemias de gripe.

Aurelio Fuertes

Publicado en Salud a Diario

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