El Norte de Castilla

La soledad de un enfermo

Cuando volví  de unas vacaciones me salió al encuentro la guardia civil. Me pidieron que los acompañara para proceder a los trámites del levantamiento de un cadáver.
El señor F no había ido mucho por mi consulta hasta el último año en que su enfermedad requirió verlo con mucha frecuencia. Era un hombre alto, enjuto, de modales educados, una persona pulida. Le amarilleaban un poco los dedos como a mi padre. Nunca se había casado y no tenía familia cercana.
Hizo todo lo que le indicaron los médicos, se sometió a todas las pruebas, acudió a todas las revisiones, aceptó el tratamiento que sobrellevó como pudo. Buscó todas las ayudas que podía permitirse, pagó a un chico para que durmiera en su casa y lo acompañara al hospital. Tuvo varias complicaciones. Se le complicó una herida quirúrgica por lo que venía diariamente a que yo lo curara. Un día me avisó de que no podía venir, tenía hormiguillos y la pierna no le respondía.
En el zaguán de su casa había colocado una mesa larga y estrecha que según me dijo se usaba para las matanzas, y la había cubierto con una sábana blanca y limpia. Lo más parecido que pudo a la camilla del consultorio. Me conmovió este detalle. Me preguntó si se iba a quedar inválido y le dije que no, lo cual no era verdad ni mentira.
En algún momento de aquel verano, mientras yo estaba de vacaciones, debió pensar que el futuro era ya corto pero negro. En uno de los viajes que hizo a la ciudad, al parecer para asuntos legales, le comentó al taxista sus intenciones, el cual se sintió obligado a comunicarlo a la autoridad. Lo llevaron a urgencias contra su deseo y lo ingresaron pero al no encontrar patología psiquiátrica, le dieron el alta y volvió a casa.
Cuando entré en la casa con los guardias, aún estaba allí la improvisada camilla aunque ya no estaba limpia y ordenada. En la cocina, junto a la chimenea estaba la cama, había una mesa camilla y un escaño y en medio de la habitación el sillón de mimbre con un montón de periódicos encima donde se había subido. El cabo de la cuerda estaba suelto, se ve que el clavo había cedido y él se había deslizado y estaba en el suelo con las piernas dobladas y la cabeza sobre el pecho.
No sé porqué pero imaginé que había intentado librar a su doctora de esta imagen, aprovechando las vacaciones, pero se le había retrasado el calendario por cuestiones externas.
Hace años de este episodio, pero cuando lo recuerdo, siento la misma tristeza y respeto que sentí entonces y siento en mí el peso de su soledad que es la de todos.
Marzo 30, 2016
Concha Ledesma ( Asociación parla defensa de la sanidad pública de Salamanca)

1 abril, 2016

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