Preámbulo: el acceso a la asistencia sanitaria pública española es universal y gratuito en el punto de servicio. Se financia con los impuestos que pagamos todas las personas que vivimos en España, por ejemplo, el IVA.El sistema sanitario español (SNS) es un producto de la sociedad en la que surge, de una cultura mediterránea, donde el apoyo mutuo entre los ciudadanos, el acogimiento y la calidez en las relaciones sociales son la forma de vida. Una forma de vida de la que estamos orgullosos y que ha demostrado además su importancia en el mantenimiento de la salud de toda la comunidad.
Con estos principios, la mayoría de nosotros valoramos y disfrutamos la suerte enorme de nacer, vivir, criar a nuestros hijos, relacionarnos, morir… bajo su protección, por contraposición a un mundo convulso donde la desigualdad, la falta de asistencia, la pobreza y el dolor sin amparo aumentan día a día.
Una sociedad solidaria
Para ser eficiente, el sistema sanitario, como en general la vida social, precisa un alto grado de organización y complejidad, una estructura fuerte basada en la solidaridad de los ciudadanos. De gran fragilidad, basta con que quien ejerce el poder político en un momento determinado cambie las normas con una nueva ley, o incluso que abandone la atención y cuidado que requiere un sistema tan complejo como el sanitario, para que éste se quebrante. Considero, sin embargo, que esa no es la voluntad de los españoles, que tienen en gran estima su sistema de salud.
Hacer «negocio de la fragilidad»
Nadie explica cómo se llevaría a cabo. Exactamente… ¿quiénes irían los primeros? ¿Los de mayor raigambre? ¿Aquellos que pudieran demostrar su linaje de castellanos viejos?… Planteaba Iñaki Gabilondo con su habitual lucidez en una entrevista reciente que se tardaría menos de cinco minutos en hacer preguntas como: ¿los andaluces primero?… Y, de entre los andaluces, ¿primero los sevillanos o los granadinos?
Cuando se abre una puerta tan peligrosa, por ella se cuela la envidia, el rencor y la pelea. En la lucha, que no disputa intelectual, poco espacio le queda a la razón y los argumentos. Cuando se abre la puerta a la pelea, el poder es para la fuerza bruta y la sinrazón, para los más crueles del grupo que golpean, para los sin escrúpulos que aprovechan para hacer negocio de la fragilidad y del miedo de la gente tranquila.
En nuestro país disfrutamos de un Estado que intenta tratar por igual a todas las personas. País de «buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y en un día como tantos, descansan bajo la tierra…», como dijo el poeta Antonio Machado.
¿Qué espacio tienen entre nosotros los sembradores de desigualdades y de odio?
Emilio Ramos