Este invierno se me está haciendo muy largo.
El ir y venir de virus estacionales nos ha llevado, a mi familia y a mí, a veces de uno en uno y a veces en ‘pack familiar’, a visitar a nuestra médica de cabecera en múltiples ocasiones. Y cada vez que voy me maravilla la sencillez y la eficiencia de su trabajo.
Yo trabajo en un hospital de tercer nivel, esto es, super especializado. La mayoría de los pacientes que acuden a nosotros se llevan unas cuantas citas para programar pruebas: una resonancia magnética o un TAC cerebral, un electroencefalograma, un ECG, una ecografía… Pocos son los diagnósticos que podemos confirmar en la primera consulta sin hacer pruebas.
En cambio, ahí está mi médica de cabecera: llegamos a pie al consultorio, sin necesidad de coger el coche o el autobús. Su consulta es luminosa y tranquila. Nos invita a sentarnos y nos escucha con atención.
Luego nos explora; como nos enseñaron en la facultad: nos ausculta el corazón y los pulmones con su fonendoscopio. Nos toma la tensión y la temperatura. Nos mira la garganta mientras nos pide que digamos “aaahh”, nos palpa el abdomen… y solo con eso ya se ha hecho la composición: ya tiene su diagnóstico de presunción y su tratamiento. Sin pruebas costosas ni consultas innecesarias (porque aunque el paciente no lo pague, todo eso tiene un coste). A eso me refiero con la sencillez de su trabajo.
Qué importante y qué bonito es el trabajo de los médicos y médicas de cabecera. Y qué útil y eficiente si el sistema sanitario les da los recursos necesarios.