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En las últimas semanas, la huelga de médicos en España ha vuelto a poner sobre la mesa un conflicto que, lejos de ser coyuntural, arrastra años de desgaste silencioso.

No se trata únicamente de condiciones laborales o de retribuciones —aunque también—, sino de algo más profundo: el uso interesado de conceptos como la ética, la deontología y, sobre todo, la vocación, como herramientas para desactivar cualquier reivindicación legítima.

Existe una idea persistentemente instalada en el imaginario colectivo y el discurso público —y promovida en no pocas ocasiones desde la propia administración—, según la cual elejercicio de la medicina debe estar guiado por un compromiso casi sacrificial. La vocación, en este relato, deja de ser una motivación noble para convertirse en una obligación moral que parece invalidar cualquier protesta. Como si el hecho de haber elegido cuidar de otros implicara renunciar a condiciones de trabajo dignas.

Sin embargo, esta visión es profundamente injusta. La ética médica no exige la explotación del profesional ni la deontología ampara sistemas que cronifican la sobrecarga, la precariedad o la falta de recursos. Al contrario: un sistema que empuja a sus médicos al límite compromete precisamente aquello que dice defender —la calidad asistencial y la seguridad del paciente—.

El límite entre vocación y explotación

Durante años, además, se ha sostenido de forma implícita un modelo en el que la precariedad de los médicos formaba parte del equilibrio que hacía viable económicamente el sistema sanitario. Jornadas interminables, disponibilidad constante y una notable falta de reconocimiento han funcionado como un «amortiguador» silencioso que permitía mantener la estructura sin afrontar reformas de fondo.

Pero ese equilibrio era frágil y, sobre todo, dependía de una aceptación generacional que ya no existe. Las nuevas generaciones de médicos no están dispuestas a asumir que el derecho colectivo a la sanidad descanse sobre su sacrificio individual. Y no es una cuestión de falta de compromiso, sino de una comprensión más justa de los límites entre vocación y explotación.

La administración, consciente de la complejidad social que implica una huelga sanitaria, ha sabido apoyarse en estos conceptos para construir un relato en el que la reivindicación se percibe casi como una traición. Se acusa a los médicos de tomar a los pacientes como rehenes, se apela al deber, al compromiso, a la responsabilidad… pero rara vez se reconoce que ese mismo compromiso exige reciprocidad.

Cuidar a quienes cuidan

No puede sostenerse indefinidamente una relación en la que una de las partes —los médicos— asume todas las cargas, mientras la otra —la administración— se refugia en principios abstractos para evitar cambios estructurales.

La dificultad de conjugar los derechos laborales de los médicos con su compromiso profesional es real. Nadie lo niega. Pero, precisamente por eso, simplificar el debate en términos morales es una forma de eludirlo. Defender mejores condiciones no es incompatible con cuidar bien a los pacientes; de hecho, es una condición necesaria para hacerlo.

La vocación no debería ser una cadena. Debería ser un punto de partida. Un impulso que lleve a ejercer con excelencia, sí, pero también con dignidad. Porque cuando se normaliza que la vocación justifique cualquier sacrificio, lo que se está haciendo, en realidad, es degradar tanto al profesional como al sistema que sostiene.

Quizá ha llegado el momento de abandonar ese discurso cómodo que apela a la entrega incondicional y empezar a construir uno más honesto, en el que la ética no se utilice como escudo, sino como guía. Una ética que entienda que cuidar a quienes cuidan no es un privilegio, sino una responsabilidad colectiva.

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