Imagina que tienes una vida satisfactoria, activa y social y que un día te levantas con un leve dolor de espalda. «Habré forzado», «será una mala postura»… Pero pasan los días y persiste. Acudes a tu médica, te pone pastillas y te da una serie de ejercicios, pero no mejoras.
Cada vez va a más, has dejado de hacer planes que supongan estar mucho tiempo de pie y de jugar al tenis con tu colega. Una radiografía: rectificación. Un trauma, más pastillas y una resonancia que muestra un par de protrusiones sin importancia. Rehabilitación. Ha pasado un año y no puedes ni correr para coger el bus que se está yendo delante de tus narices. «No hay nada, fortalece la espalda».
Desesperado, acudes a una clínica de medicina integrativa. Te habla de inflamación y microbiota. Te habla de tu cerebro reptiliano y de todos los tóxicos a los que estamos expuestos. Quitas el gluten y los lácteos de tu dieta, compras un filtro de partículas para el agua y una sartén de acero inoxidable. Ya van tres años.
En las consultas médicas es cada vez más frecuente encontrar personas que conviven desde hace años con dolor crónico o con fatiga crónica, trastornos digestivos u otros síntomas «sin explicación médica» que impactan profundamente en su calidad de vida y que no logran encontrar soluciones satisfactorias en el sistema público, terminando por buscar respuestas en clínicas privadas que ofrecen servicios relacionados con la medicina integrativa, estudios de microbiota, detección de intolerancias alimentarias o tratamientos de desintoxicación.
Muchos de estos enfoques parten de una narrativa atractiva para estos pacientes frustrados y desencantados con el sistema público, la esperanza de encontrar la causa profunda a su problema que la medicina convencional no ha sido capaz de identificar.
Un paciente en busca de respuestas
El modelo biomédico actual, aunque eficaz a la hora de abordar lesiones concretas, no consigue dar respuesta a estos cuadros complejos, multifactoriales y de evolución crónica. Cuando el sistema sanitario responde con nuevas pruebas, derivaciones sucesivas o tratamientos farmacológicos sin eficacia, es fácil que la frustración se transforme en desconfianza. Y la desconfianza, en tierra fértil para una industria privada que sí ha sido capaz de entender que donde hay una persona sufriendo y sintiendo frustración, o incluso enfado con el sistema sanitario, hay una oportunidad de mercado, pudiendo ofrecer alivio a su sufrimiento o, por lo menos, la sensación de que alguien les escucha, empatiza y busca posibles respuestas (a cambio de un módico precio).
Muchos pueden decir que «no hay evidencia suficiente». Y, sin embargo, sí existe suficiente conocimiento sobre algunos factores modificables, como la alimentación, la exposición ambiental, el estrés o la actividad física que, sin causar perjuicio, sí pueden generar beneficio o, mejor, un «valor» para el paciente; o al menos más «valor» que el simple mensaje de «no tienes nada, no puedo hacer nada por ti» que estamos dándoles a estas personas desde la sanidad pública.
El sistema sanitario actual hace muchas cosas y las hace bien. Actualmente se hacen el doble de consultas, de pruebas y de procedimientos para atender a la misma población. Sin embargo, la propia inercia del sistema, rígido y con escasa capacidad de adaptación, hace que sigamos haciendo muchas cosas con escaso «valor», hace que no estemos incorporando nuevas evidencias a nuestros abordajes. Hace que se pierda confianza en el sistema, hace que la industria privada crezca paralelamente a la frustración de la población, hace que el sistema no sea sostenible.
Atención Basada en Valor
Los nuevos modelos de gestión incorporan una nueva estrategia de Atención en Salud Basada en Valor (ASBV) que se centra en trasformar los sistemas sanitarios reenfocando la atención hacia la búsqueda del mejor resultado desde la perspectiva de las personas. Es decir, no se trata de hacer mucho, sino de hacer aquello que vaya a generar un «valor» a las personas.
Quizás nuestro amigo no quiere «no tener una hernia discal en la resonancia», quiere poder jugar al tenis con su amigo de la infancia. Sin embargo, se quedan en el papel. Sabemos lo que hay que hacer, incorporar la visión One Health, Atención Basada en Valor, atención basada en la persona, humanización, prevención, promoción, modelos proactivos en vez de reactivos, abordaje biopsicosocial, modelo salutogénico, etc. Pero no lo hacemos.
El reto para la salud pública no consiste en elegir entre medicina convencional o medicina integrativa. Consiste en desarrollar modelos asistenciales capaces de integrar de forma ágil la evidencia científica con una atención centrada realmente en la persona y en la sociedad, y que reconozca la complejidad biológica, psicológica, social y ambiental del sufrimiento crónico.
Cristina Cabrera Brufau