Incertidumbre: inquietud o desasosiego que genera ansiedad por desconocimiento de una circunstancia futura.
Quiero abordar este concepto en el ámbito de la salud desde tres vértices.
El primero, la medicina en sí.
En medicina existe siempre un cierto grado de incertidumbre. Forma parte innata del proceso clínico y del arte de curar. Por mucho que avance la ciencia –y avanza brutalmente– siempre subsistirá algo de incertidumbre. Y esto tenemos que aceptarlo.
Cosa distinta es la incertidumbre del paciente en su relación con el sistema de salud.
Si bien ha de aceptarse ese grado de incerteza en torno a cómo puede evolucionar una enfermedad, no hay porqué soportar las incertidumbres que genere un inadecuado funcionamiento del sistema sanitario.
Con esto me refiero a las demoras, los tiempos de espera, los retrasos en la atención efectiva a las personas.
Partimos y defendemos unas premisas esenciales de nuestra organización sanitaria pública respecto a este asunto: equidad, eficacia y calidad.
Las demoras en la realización de pruebas y consultas, en el conocimiento de sus resultados, en la plasmación de un diagnóstico o en la aplicación de un tratamiento generan en el común de las personas una situación de incertidumbre muy dura de sobrellevar. Origina una angustia innecesaria añadida al sufrimiento de la propia enfermedad, Provoca una inquietud que puede durar días, semanas o meses, con la consiguiente consternación del paciente y de su entorno familiar.
Y este es un punto clave en el sistema de salud.
La no prestación efectiva en tiempo y forma de la asistencia aniquila en gran medida la esencia misma de un sistema público de salud. El abandono del paciente a su suerte rompe la equidad. El retraso en la prestación anula la eficacia. La calidad postergada no es calidad. Y todo ello produciendo una incertidumbre que la persona no tiene la obligación de soportar.
Y tras este desolador panorama, viene la pregunta: ¿de quién es la culpa? Planteamiento muy de nuestra cultura cristiana, la culpa. Quizás llamarlo responsabilidad fuera más apropiado.
No busco la respuesta en este artículo, pero encontraríamos que todos los colectivos, todos los agentes implicados, descargarán la responsabilidad en “los otros”.
Desde luego, de quien no es responsabilidad, es del paciente.
Esto nos lleva al tercer vértice: la incertidumbre del SNS.
La falta de certezas sobre el devenir del sistema causa un severo daño entre la población y entre los profesionales.
Se ha hecho análisis del sistema, de sus debilidades y aspectos a modificar, pero sigue faltando una intención real de mejorarlo. En todo caso, se utilizan aspectos disfuncionales del sistema como estrategia de confrontación política, sin que trasciendan en mejoras reales o propuestas serias.
Esta utilización partidista de anomalías del SNS tiene además el riesgo extremo de inducir la desconfianza hacia la totalidad del sistema de salud, hacia su deslegitimación entre los ciudadanos.
Entiendo que soy monótono repitiendo que, en una sociedad enormemente compleja y fragmentada en organización e intereses, es inviable aplicar soluciones, programas o concepciones ideológicamente monolíticas. Y que, de aplicarse, con seguridad estarán condenadas al fracaso si no atienden a las expectativas de amplios grupos tanto de ciudadanos/usuarios como de agentes del sistema de salud.
Por citar un ejemplo, difícilmente se logrará un sistema eficiente y de calidad si la mayoría de los profesionales no son firmes defensores del mismo, si no lo asumen como propio, si no se encuentran razonablemente cómodos en él. Bien es cierto que sin incompatibilidad del desempeño público con el ejercicio privado será difícil una implicación total con el sistema.
Esto no quiere decir, en absoluto, que se deba perder de vista y dejar de defender los principios que cada parte consideremos esenciales o estratégicos para el sistema público de salud, pero pretender imponer una concepción parcial al todo, al resto de concepciones organizativas, en el actual estado de cosas de nuestra sociedad es ilusorio.
Guste más o guste menos, la imprescindible reordenación de nuestro SNS deberá pasar por el consenso y, cuanto más amplio sea, más fortaleza le proporcionará.
Acabar con la incertidumbre de hacia dónde va nuestro sistema sanitario, de este lento y progresivo deterioro, requiere, además de una decidida voluntad política –hoy ausente-, incrementar la financiación y la eficiencia en el gasto, la redefinición del sistema y la eliminación de sus desequilibrios territoriales, el acuerdo sobre un modelo que permita su desarrollo a medio y largo plazo. Y esto, sin el interés real de las principales fuerzas que pueden hacerlo y sin consenso sobre aspectos fundamentales es difícilmente viable. Imposible, me atrevería a decir.
La experiencia existente en el ámbito sanitario o en el educativo, de legislaciones y contralegislaciones que únicamente bloquean el desarrollo, empobrecen los resultados y no garantizan un proyecto a largo plazo, deberían servirnos de referencia para saber por dónde no ir.
No ha de olvidarse el objetivo del SNS, que no es su existencia en sí mismo, sino disponer de una organización solvente que garantice satisfactoriamente el derecho a la salud de los ciudadanos, sus auténticos propietarios.
Miguel González Hierro.